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Hace más de 150 años, en lo que ahora es el magnífico barrio de La Recoleta, sólo se contaban algunas unas pocas casas, el convento perteneciente a los monjes recoletos , una bella Iglesia y uno de los cementerios tradicionales de Buenos Aires.  A pocos metros, en las barrancas que daban al Río de la Plata, se estacionaban las carretas de la elite.  Entre el bullicio de las lavanderas y las peleas de los cuchilleros, se erguía una edificación que, según grabados de la época, pudo ser el primer sitio gastronómico de la zona, el mismo sitio donde hoy está La Biela.

Desde la pulpería del «Vasco» Michelena hasta la coqueta Confitería La Biela han pasado muchos años, y esta esquina fue testigo y escenario de gran parte de la historia viva de Buenos Aires. Atrás ha quedado aquel minúsculo barcito al que su propietario español bautizó «La Viridita», compuesto por una angosta vereda con sólo 18 mesas. Y atrás ha quedado también «Aerobar», nombre que recibió durante algunos años en homenaje a los pilotos civiles vecinos de enfrente.

Y hacia 1950 la historia vuelve a dar otra vuelta de tuerca. Por entonces, un grupo de adoradores de la velocidad, después de agotar la paciencia ajena, fue expulsado del lugar que frecuentaba para sus reuniones. Y qué mejor idea que disipar el mal momento con una picada «y buscamos un nuevo lugar para recalar». La aventura fue corta para uno de ellos ya que la biela de su auto dijo basta en la esquina de Junín y Quintana. Por ese entonces, un tal «Bitito» Mieres se bajó de su coche y reunió a sus compañeros, Jorge Malbran, Ernesto Torquinst, y otros, afincándose en este pequeño bar al que bautizaron «LA BIELA FUNDIDA» primero, y luego simplemente como «LA BIELA», nombre con el que se hizo mundialmente famoso y que es una marca registrada por la concurrencia de los amantes del automovilismo.

La Asociación Argentina de Automóviles Sport no tenia sede, y entonces estos fanáticos decían a La Biela «La Secretaría». Luego, sucesores de aquel primer grupo como Charly Menditeguy, Rolo Alzaga, Eduardo Copello, Gastón Perkins y muchos más, fueron testigos y protagonistas de la moda más temible que llenó las veredas de Quintana, Ayacucho y Alvear: las «PICADAS», monstruo ruidoso, provocador de adrenalina y curiosidad de los años sesenta.

Excelente gastronomía de La Biela, al abrigo de su historia
viva que nos convoca, nos envuelve y nos deleita.

A partir de aquí la historia es conocida. La inclinación tuerca queda representada en las paredes de La Biela y el lugar es concurrido por ilustres personajes, adquiriendo fama mundial. Sus mesas han sido visitadas por infinidad de turistas, políticos, empresarios, deportistas y muchos más. Personajes con poder Real o Democrático, como los Reyes de España o los Premieres de varios países. Artistas de la calidad de Adolfo Bioy Casares, Ernesto Sábato, Jorge Luis Borges, Julio Cortazar, Joan Manuel Serrat, Joaquín Sabina, Facundo Cabral, Pérez Celis. Actores y actrices de todos los medios. Corredores de Fórmula 1 de distintas épocas, como Jackie Stewart o Emerson Fitipaldi. Futbolistas famosos y una lista interminable.

Otra placa de bronce colocada en la entrada nos informa que en el año 1999, La Biela fue declarada «Sitio de Interés Cultural» por la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires. Motivos no faltan. A lo dicho podemos sumar las fotografías autografiadas por José Froilán González o Clay Regazzonni, un dibujo hecho a mano por Fabrizio Ferrari, nieto del «Commendatore» Enzo Ferrari, cuando era niño, un cuadro donado por el último descendiente de la familia Lamborghini donde se ve el auto más lujoso de la marca, y más. Los ejemplos más recientes de la visita del famoso director de cine Francis Ford Coppola, cuya primera salida nocturna en su visita a Buenos Aires fue a La Biela y los dichos del actor Robert Duvall «Siempre vamos a La Biela, que es mi lugar preferido en todo el mundo. Es una gran esquina, el café, los mozos..»

Así, el tiempo se detiene un poco en la febril Buenos Aires cuando nos instalamos en una de sus mesas y disfrutamos de la excelente gastronomía de La Biela, al abrigo de su historia viva que nos convoca, nos envuelve y nos deleita.

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